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Mi Perfil
Vuelos de gaviota
Adriana Mónica Lamela
Neuquén Capital - Argentina
Argentina, nacida en la Provincia de Neuquén, (10/5/1961). Divorciada. Tres hijas.
La literatura estuvo siempre presente. Como “pasión revelada” surge con la muerte de mi padre, marcando mi vida definitivamente. He obtenido algunos premios menores;primeros premios en juegos florales provinciales y menciones similares varias. Ediciones compartidas: una regional; otra nacional y la otra en España. Publicaciones actuales en las "páginas amigas" que figuran en mi blog con los seudónimos de "gaviotapatagónica", gaviotaneuquina, gaviota "a secas"o bien, en otras, mi nombre real.-







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Últimos comentarios de este Blog

21/07/14 | 09:23: Gaviota dice:
gracias Maleeeee...besito gaviotero..piq piqp3ryzf
20/07/14 | 01:46: MALENA dice:
Gaviota querida ,en cada verso hay todos esos suburbios y màs ... Me encantaron tus letras !! Cariños desde esta Bs As alienada . MALE .-
21/06/12 | 17:35: Claudia Prieto (blog alas poéticas) dice:
Muy interesante el texto. Saludos
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Vuelos de gaviota


¿Es el hombre el más apto sólo porque piensa?... los animales no piensan...y entonces ¿porque muchas veces parecen tan aptos?.
Mr. Ed, Flipper, Clarence, el león bizco; la mona Chita, el perro Lassie o el loro Poly. Y otros tantos sobre los que podrán decir que sólo son personajes que ha creado la genial imaginación de ése, considerado el más apto” pero lo pienso (no sin antes tocarme la cabeza para ver si está en su lugar) y no se, sólo basta observarlos en el mundo real, el nuestro y entonces, la teoría de la evolución de las especies tiene hilando muy fino, varias zonas oscuras.
Evolucionar, sobrevivir, supervivencia… ¿vienen a suponer sinónimos bajo la óptica darwiniana? Pues, si caminamos de la mano de un buen diccionario de lengua castellana, sobrevivir y supervivencia sí, lo son o refieren a la acción y efecto de lo mismo.
En cambio, evolucionar nada que ver.

Evolucionamos y entonces somos libres.
Parece un razonamiento lógico. Aceptable. Pensemos que evolucionar es “mudar de conducta o de actitud”, literalmente hablando claro.
Y claro que a veces sólo mudamos de piel cuando nos devoró el sol del verano o mudamos de casa, razones y sinrazones de la mudanza aparte.
¿Qué es en definitiva ansiar la libertad?...Me pregunto mientras observo la imagen de una gaviota surcando el mar - ¿yo?- …

Trepo con descaro hasta el último escalón de mis escudos naturales: naturales o sea, los que el hombre trae consigo al salir del vientre materno y luego, perfecciona a lo largo de un sinnúmero de tropiezos viscerales, espirales (para mosquitos o seres indeseables, Ud. Elige) animales (y si, vamos, me va a negar que al menos una vez no se sintió mas feroz que un león hambriento. O leona), mentales (los sicólogos son seres de otro planeta), elementales ( y los números, siempre serán la clave), formales (traje y corbata), reales(nada de Homero Simpson y eso), informales (un jean estará bien) y también irreales (un toque de Peter Pan, nada extravagante…) y al fin y al cabo, vuelvo al principio.
Me doy de narices contra mi propia cabeza decapitada por la cruda y humana realidad,
¿Necesitamos ignorar lo que nos distingue como seres humanos para lograrlo? Atarnos a una silla en el rincón solitario, al estilo del jardín de infantes; “si te portas mal vas al rincón…bla, bla, bla..” y sólo así ser capaces de, al menos imaginar cómo se siente un pájaro allí, sobre las nubes?
Disfruten del arte; observen pero no sólo con los ojos y entonces, quizás la libertad nos lleve mucho más allá de l imagen de un vuelo de gaviota...

Varias de las imágenes presentadas en este blog, se han tomado de internet; pertenecen a sus propietarios y se retirarán del blog a pedido de los mismos, si así lo requirieran.
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Saudades



Se sentía fuera de lugar.
Ensayé decirle que todos somos de ninguna parte hasta que nuestros pies echan raíces. Partir es una cesación -continué - o acaso morir es también un modo de partir; abandonar el pago - analizalo - pudiera ser entonces una original forma de volver a nacer. Una vez y otra y otra...
Clavó sus ojos en mí con una rara mezcla de sorpresa e incredulidad y recordé entonces aquella frase de E. A. Poe "Tengo gran fe en los locos; mis amigos lo llamarían confianza en mí mismo". Muy bien, correría el riesgo. Digo, el riesgo de que me creyera loca y nunca estúpida.

Eran tiempos difíciles; gestos mecánicos, noticieros fúnebres, protestas caprichosas y desatinadas. Era mediodía. Lo recuerdo porque nos cruzamos en la esquina de la catedral justo en el instante en que el campanario repicaba doce veces. Era invierno; la avenida se arrastraba en un manto de verdes secos y grises metódicos - caras heladas, aire cortante, veredas y calles escarchadas. Corrió un mechón de mi cabello que se obstinaba en cubrirme la boca y su boca entonces, se posó en mi mejilla izquierda con un beso mariposa. Subimos las escaleras de la iglesia y nos refugiamos en la entrada. Entretanto fue el descargo de rigor. Qué es de tu vida. Acá andamos. Y yo. Te casaste. Y yo. Me divorcié. Y yo. Etc, etc, etc. Luego el silencio y la torpe personificación en nuestros cuerpos. Muy cercanos pero seriamente distantes; lo que sólo podía significar una informal y amorfa despedida, algo que (lo intuí) hubiera sido realmente una ofensa a nuestra nostalgia.
Entonces aquel decir sobre su desarraigo lo puso en evidencia. No creía en nada; su alma era un pozo ciego; no había más que observar el modo en que se expresaba, opaco, raquítico, fatalista. "... y apareces así, con tu fantasía intacta y esa fortaleza que sonríe en tu cara"...estaba diciéndome.
Compenetrada en desnudarle el alma había dejado de prestarle atención a sus palabras que unos minutos antes se descascaraban débiles como los ladrillos de la Catedral. Ese año cumpliría cincuenta y sus palabras - ahora sí de un color azul intenso - eran un piropo que podía cotizar en monedas de oro. Bueno no es para tanto dije. Si lo es, dijo.
Me rondaba la angustia propia de lo desconocido; quizás porque mis recuerdos siempre me lo devolvían como hace treinta años, un muchacho musculoso, algo solitario, muy alto, pelo castaño abundante y siempre bronceado. Un rostro infantil, salvo por su nariz. Un golpe muy feo a los cinco años. La consecuencia, esa nariz deformada, autoritaria, propia de un boxeador. Tenía ojos verdes; grandes. Sin embargo, hundidos y bordeados de ojeras, ahora subsistían mínimos. En otras épocas me deslumbraban. Aquel mediodía del encuentro fue el detalle que más me hizo dudar al cruzarlo. Impresionaban; como el umbral de un pozo ciego.
El otro detalle fue su porte. Iba calzada con botas de taco chino pero de todos modos, aún con tacos más altos él siempre me había parecido un gigante. En cambio, al reencontrarnos, cualquiera podría haberlo desplazado en un concurso de elegancia. Incluso Cuasimodo. Encorvado, los hombros le caían como si el maletín y el paraguas que llevaba en sus manos, pesaran varias toneladas. Nunca supe su edad exacta - apenas dos o tres años más que yo - pero de habérmelo cruzado sin saber quien era, le hubiera dado más de setenta. Ni rastros del cuerpo atlético que hacía suspirar a la tribuna femenina que lo vio brillar en tantos partidos de básquet. Allá en la lontananza.

Desde ese mediodía no he parado de preguntarme si su manifestación acerca de sentirse sapo de otra laguna ("me siento fuera de lugar") escondía otra cosa muy diferente de la que yo interpreté en esos momentos. Suceden experiencias tan ajenas a uno, lo acepto. Subsisten tan concretas; y me digo una y otra vez que sorprende la mundología que abarcan. Requieren algún tipo interpretación.
"Podríamos almorzar por ahí" le oí decir repentinamente. Imposible contesté con la misma rapidez súbita. No creo haber sido más impulsiva en toda mi vida. Tengo que volver al trabajo, agregué poniendo segunda. Claro susurró y me miró como se mira un renglón antes de borrar lo escrito. Ya estoy retrasada. ¿Querés que te pase mi teléfono? Me encantaría. Ciento Cincuenta y cinco...No tengo celular ¿un fijo?
Abrió su maletín, sacó una agenda forrada en cuero pero muy deshilachada y me dijo: "agendada". La fuerza metódica de aquel hombre era digna de un record. La historia de la humanidad atestigua que es muy común en los seres atormentados. Un segundo beso, esta vez de mosquito y me percibí regresando a la oficina, con la misma sensación de angustia que al encontrarlo. Era como si entre mi paso por la Catedral y mi regreso al trabajo hubiera un vacío, una zona muerta. Volví la vista hacia los escalones que acababa de bajar. Acaso lo había imaginado todo. En absoluto; pude verlo aún parado en el mismo sitio donde yo lo había dejado. Encendía un cigarrillo y al ver que lo observaba, hizo un movimiento de cabeza. Y una sonrisa. Más bien su sombra en una mueca.
Y ahora tal vez deba agregar que he visto muchas veces en las noches que siguieron, aquella visión de Pablo. Tantas que podría decirse que mi memoria sólo parecía guardar eso y más nada; intento recordar a veces los rostros que cruzo a diario en la Editora. Ni rastros. Nunca logro enfocar nítidamente ni siquiera las cajeras del supermercado al que voy una o dos veces por semana. Saudades de Pablo sobre las escaleras de la Catedral, sin embargo, una instantánea perfecta. Y entonces otra noche volví a encontrarlo. La misma escena pero ahí mismo, al pie de mi cama; sin el maletín, sin el paraguas: se despojó de su ropa sin quitar sus ojos de los míos. Olvidé los detalles de algún diálogo; el mismo gesto helado de correr ese mechón de pelos que ocultaba mi boca; una inspiración profunda como quién va a arrojarse al agua. Y el beso mariposa. Las niñas de sus ojos bailaban con frenesí. En calmarlas demoró algo de tiempo pestañeando con el mismo frenesí; se acomodó sobre mi como si fuera yo su estuche. Le pregunté qué hacía allí. "Vos me lo pediste", contestó.
El resto de la noche, el amanecer del otro día y el otro y el otro, no encuentra un modo de redimirse en palabras. Únicamente la insensatez puede recrear esa experiencia demótica. Probablemente ningún hombre a lo largo de los siglos ha censurado el desarraigo; el no sentirse de acá o de allá cuando el erotismo los llama a un territorio que desconocen; de cualquier modo, cuando llega al final de un camino torcido, parecen retirarse a otro lugar. El me lo dijo aquel mediodía. Hubo ahí un sínodo, una demora en el cinturón del tiempo. Hubo una corriente de fluidos; inesperadas variaciones, extravagancias, desvaríos o entredichos metamorfoseando las horas en un plano esencial que ahora ya no logro recobrar espacio por espacio, día por día, darlo por hecho. Porque los días siempre han estado; saudades, retazos. Igual que estuvo siempre el discurrir de la propia vida y las ajenas, extendidas sobre las vidas del otro. De aquella noche y otra y otra, recuerdo el mediodía, las doce campanadas repicando en mi vientre, la torpeza de las manos y las niñas de sus ojos. Y el escudo de un equipo de básquet.
Al teléfono dijo con desgano que su viaje era una casualidad. No se si lo que digo hoy responde a una locura vana, quijotesca, algo difícil de rubricar; siempre ignoré lo empírico en esta historia. Sabíamos de treinta años antes. Nunca supimos qué o quienes fuimos los treinta años subsiguientes. Y también digo que las casualidades son el revés de una causalidad. Y él se llamó a silencio. Y yo recordé otra vez a Poe y me reí mucho.
Mis amigos no eran tales y mi excentricidad era un arma de doble filo. Lo que el pensara sobre eso me tenía sin cuidado. Lo importante era que pudiera ensamblar los recuerdos. Saudades. Me habló de un sueño; mas tarde desperté bruscamente y lo vi parado como al principio; encendía un cigarrillo. Desnudo, me miraba fijamente. Volvió. Quién, dije. "aquel sueño del que te hablé". Me observaba como si fuera yo una aparición, con los ojos como dos huevos fritos - sí, así se veían sus ojos. Tal cual - Resulta que la aparición debería ser él. "Aquel sueño donde tu y yo copulábamos sin hablarnos; apenas gemidos y ese frenético manoseo", dijo. Nosotros somos el sueño, me oí decir sin creerme. "Nada tan real puede ser apenas un sueño. Vos y yo; los mismos pero tan distintos". En sus ojos ahora entonces había nubes; una tormenta de rencor y nostalgia. Y temor. Humo. Otro cigarrillo y el mismo traje, paraguas y un pesado desconcierto. "No es posible que sólo seamos los burdos personajes de un sueño", dijo; más bien gritó. A veces sucede, dije con la voz hueca de quien no sabe porque dice lo que dice. Dos seres, dos realidades distantes, un mismo sueño los convoca. "Estás hablando como sicóloga. Hipotetizas", dijo mientras me miraba con ninguna expresión, o tal vez era la expresión del rencor onírico. Soy sicóloga, le contesté. "Mejor si me voy", me dijo.
Y el cuarto parecía una heladera. Si hubiera sido un hecho aislado, probablemente me lo hubiera creído. Pesadillas nocturnas. Remordimientos provocados por un encuentro fortuito y algún otro, más bien desgraciado. Pero no; el volvía. Una y otra vez se sentaba desnudo al borde de mi cama. Y quería detalles de aquellos días y días y días que no hallaba en su memoria. En cada visita se veía más y más desventurado. Envejecido. No tenía tiempo de impresionarme porque siempre sucedía lo mismo. Se hallaba allí; irrecusable y fortuito, haciéndome saber que su comparecencia era su existencia. Le pregunté sus razones y él, con atenta laboriosidad, contestó:" saudades". Sobraron los verbos; la jactancia de su expresión me asustó. No hablaba como quien admite una tregua. Tampoco pronunciaba la palabra saudades con el tono que yo acostumbraba darle; el alcance habitual de melancolía. El dijo saudades como un militar diría viva la patria. Enmudecí. Y a partir de ese silencio, empollé muchos otros. Al respecto, admití con cierta angustia que su presencia, la verídica, en la puerta de la Catedral, era algo absolutamente trivial confrontado con este sueño del que no parecía despertar. Despertarse él. Era él quien se resistía a abandonar el plano alucinógeno; el miedo comenzó a invadirme. Ahora me doy cuenta que cuando los recuerdos son tan intensos, se perfecciona inconscientemente la capacidad de volcarlos en un plano casi tan perfecto que parece real.
Pablo, siempre postulaba que la vida era repugnante. Tal vez por eso lo veía desnudo; su pensamiento favorito era algo sobre la necesidad de "regresar al útero y reeditarse". Todo el maldito tiempo hacía comentarios sarcásticos, lo que sicológicamente yo sentenciaba como una característica de inmadurez y la inmadurez, como comprobé en la universidad, explica, mucho mejor que otra cosa, esa actitud egoísta y cruel acerca de la vida y la estupidez consecuente. Presentí su enojo reincidente y le seguí la corriente. Apoyó sus manos en mis piernas y giró su rostro hacia el ventanal."Se que lo sabes; no sobre la belleza o la tristeza que me cabe. Nada de aquello es hoy más que nostalgia. Lo sé". Pregunté entonces que hacía él aquí. Sonrió y me preguntó dónde. "Afuera la tormenta de Santa Rosa dobla los álamos altísimos, viejísimos, en tu calle y en cada una de las calles de mis recuerdos", dijo, "la viuda de Marconi, ¿te acordás?, la que nos gritaba desalmados cada vez que pasábamos rasando con nuestras bicicletas; se murió en el 99. Se cansó de esperar el tren que debía traer de regreso a su amado". Yo arriesgué una conclusión acerca del viento y él continuó sonriendo. Lejos.
Cuando volvió a mirarme fue con desconfianza, pude percibir el recelo en el modo de presionar mis rodillas sobre la manta. La piel de gallina me cubrió como un lengüetazo helado. Parecía que toda su ausente presencia anduviera pergeñando en modo tenso y espasmódico. Vamos a dormir le dije; mañana trabajo. El contestó - o habló en voz alta - que quizás debía abrir el paraguas y quitarse las gafas, "jamás me acostumbro al clima de esta ciudad". Pensé decirle que había crecido con él pero decidí callar. La sonrisa - la mueca - le volvió como si masticara un chicle.
Mortales incurables damos crédito a la creencia histórica de que todo tiempo pasado fue mejor. Algunos profesamos la ilusión de mejores tiempos a por venir. Otros, como Pablo, creen que todo lo que le ha sido destinado ya ocurrió. Antes. Una vez y sólo una somos jóvenes; es cierto; pero además no avanzar nos condena a desconocer el sitio exacto donde la realidad se desvirtúa, reeemplaza y difumina las cosas, no obstante conserva la evidencia de sus estructuras básicas. En el momento que el se hizo presente, yo aún rechazaba algunos elementos; sin embargo intuía particularidades, relieves, matices. Fuera de ellos, a las tres de la madrugada, en invierno, la mente agosta sus rincones; como despojos casi invisibles. Cuando falta la luz, el espacio intermedio, la oscuridad se asemeja a una atmósfera inyectada, como un pozo negro, inmóvil, donde los habitantes nocturnos no alcanzan el nivel de orugas. "Durante un tiempo dejé de esforzarme en recordar. El abuelo Dómina se me aparecía durante la siesta en una yegua coja y me advertía que los recuerdos no son como las personas". Porque te decía eso, le pregunté, una de esas noches, de otra y de otra en que distraídamente se acoplaba a mi como un abrigo de tela; cálido pero áspero. Se demoraba en detalles absurdos como eso sobre que los varones siempre tienen pesadillas con viejos y animales mutilados.
La fatiga crónica provoca estados disparatados; migrañas también. Sobretodo. Y en aquel tiempo me gustaba beber un fernet con coca cola antes o durante las comidas. Aquello era tan intenso como quemarse o vomitar; el hablaba durante horas y yo lo veía. Lo veía o estaba dentro de mí. Todo lo que conocía lo desconocí en esa duermevela insostenible. Era a la vez un deseo animal de despertar o recordar lo anterior y posterior de esa noche, el amanecer del otro día y del otro y del otro y por otro lado, la urgencia de saber dónde era cuando me abandonaba. La aquiescencia de restablecer el vínculo en el momento que se evaporara. Porque nada es eterno, lo sé. Por eso supe también que en alguna parte se gestaba un "final de juego" y que no sería yo quien lo decidiría.
Me habló de su casa en otra parte; un pueblo del interior, en el norte. Una casa vieja, miserable, casi en el límite con Bolivia. Una calle de tierra con una tranquera como límite y un enorme yuyal al frente. Algunos cardos y un arrebol constante en el horizonte. Ahí vivía y no supo explicar porque se había aferrado a ese paisaje hasta el último momento; algunas veces era un consuelo y otras un castigo. Y eso es todo.
Y de ese todo hace como cinco años; he dedicado algo de tiempo a buscar aquella su casa de otra parte. El sitio exacto es como un triángulo de las bermudas terrestre. Hay un árbol raquítico del que cuelgan restos de una sábana muy parecida a un juego mío de raso azul. "Quise contar las peripecias del equipo fuera del pueblo cuando ganamos el campeonato en el 83" me dijo una noche, "te confieso que nada, ni uno solo de los manuscritos que escribí durante años ha pasado el nivel de borrador. Daban asco". Habló de que se yo cuántas de sus frustraciones literarias, entre otras, una escena en pleno invierno frente a una Catedral. "el personaje - decía entusiasmado con el argumento; yo oyéndolo incrédula - un ser solitario, con una visión maquiavélica de la vida", dijo otra noche; y otra "que se emborrachaba a diario después del las 7 de la tarde" y otra, "dando paseos interminables y sin rumbo con su viejo paraguas y su agenda de cuero para los pensamientos imprevisibles". Y otra, "... y que finalmente, se quita la vida colgándose de un árbol raquítico".

 

 


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